1960. Lago Budi.

No he dormido bien en cincuenta años.

A veces despierto gritando. A veces despierto con un grito en la garganta que no ha podido salir y no me deja respirar. Otras veces lo que me despierta es el silencio doloroso de la ausencia. Los ojos del José Luis que me miran desde un rincón y me piden ayuda. Nunca puedo volver a dormir hasta confirmar que el océano sigue quieto y que los perros duermen en silencio. Porque esa noche, hace cincuenta años, los perros aullaron. Todos. Al unísono. Él José Luis se despertó muy asustado porque pensó que andaba el Caleuche y llegó a mi cama temblando y preguntando que pasaba. Pero nadie sabía lo que pasaba y tampoco tuvieron tiempo de saberlo porque entonces empezó el ruido y los gritos y no hubo tiempo ni de ponerse las ojotas cuando la casa se empezó a mover.

Corrimos todos hacia afuera y afuera todos corrían en busca de un lugar seguro. El José Luis en mis brazos abrió unos inmensos ojos cuando los árboles empezaron a quebrarse como ramitas secas.
Pueden haber pasados horas hasta que el movimiento empezó a calmarse y cuando pensamos que ya era seguro, nos juntamos todos los vecinos y fuimos a buscar consejo donde la Rosita, la Machi.
La encontramos a los pies del peumo viejo, rezando con palabras que no le conocíamos. Nos dijo que este era el castigo porque la gente estaba muy mala. Que el pillan estaba enojado y que si antes era suficiente entregarle algo pequeño, chica de manzana o un atado de papas, ahora no era suficiente. El mal era grande, muy grande. El sacrificio tenía que ser igualmente grande. Esto lo dijo mirando José Luís. No se como, pero el niño pareció entender de inmediato. Nadie dijo nada, nadie se opuso. No hubieron voces de consuelo cuando el niño estalló en un llanto desesperado, prometiendo que de ahora en adelante se portaría bien.

Abuelo, abuelito - dijo - Y yo miré para otro lado.

No tuve la valentía de acompañarlos al mar. Dicen que mi nieto se fue navegando, amarrado a un madero.

A veces despierto con la idea de haber escuchado su voz, llamándome entre las olas. Pero después de un rato, me doy cuenta que es solo el sonido inmenso de todas las cosas que suenan cuando suena el mar.

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