Amarás al prójimo como a ti mismo

Te miro al rostro, la barba canosa, la piel ennegrecida por los años y el sol y la calle y tu mano estirada hacia mi, mientras tus labios dicen algo que no puedo escuchar, que lo benditos audífonos no me dejan escuchar y entiendo que quieres algo.
Y puedes estar pidiendo ayuda, o apelando a alguna causa y yo voy a paso apresurado, jadeando, corriendo al trabajo que odio para ver gente que odio y hacer cosas que odio para ganar, sufriendo, esas monedas que tu quieres obtener gratis, sin esfuerzo alguno.
Y sonríes y tus ojos son como los de las ratas y te siento como un animal sucio e injusto.
Quizás hemos nacido iguales, pero no somos iguales y me quito los audífonos y detengo el paso solamente para escuchar lo que tienes que decir, para odiarte con motivo y disfrutar lo único que me apasiona y que me hace sentir humano y tu dices:

-Amigo, me colabora con una monedita para comprar pan?

Y yo te miro a los ojos y digo "no". No intento disculparme o ignorarte. Te miro directo a los ojos y te permito ver lo mucho que te odio.
Eres una cosa pequeña y molesta y pienso para mis adentros que deberías hacer algo por tu vida, que deberías trabajar en alguna tarea insignificante, y vivir preocupado de ser despedido y navegar océanos de gritos y bocinazos para llegar a tu hogar y pasar tus breves noches en una oscuridad sin sueños.
Reanudo la caminata porque están a punto de ser las ocho y tengo que marcar mi tarjeta.
En 5 minutos no serás más que un mal sabor en la boca. En 10 minutos ni siquiera una mala anécdota. En media hora estaré sentado, con un café humeando en mi escritorio, intentando no pensar en nada.

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