Ausencia

No hubo épica.

No hubieron augurios o escalofríos. No existió anticipación ni eventos extraordinarios que indicaran nada. Fue una tarde cálida y aburrida. Fue una sola llamada telefónica extraña en medio de una cena familiar ruidosa. Palabras medio escuchadas que no dijeron mucho y que me llevaron a preguntar, minutos depués por medio de un mensaje de texto:

Que quieres decir con 'ya no está con nosotros'. ¿Estaba con ustedes y se fue? ¿Está muerto?

Muerto, me dijo Claudio. Muerto. Y tuve la certeza que había sido breve y solitario. Doloroso en el fondo, pero no tan doloroso como la vida y la angustia. Lo pensé por un minuto y seguí comiendo. Seleccione un trozo de carne jugoso de cerdo y lo acompañé de cebolla y arvejas. Hasta comenté un chiste que alguien había contado. Pasaron más minutos y ya no podía comer y no podía seguir escuchando nada.

Recuerdo tus otras muertes.

Una navidad donde me mandaste a mi y Ricardo una selfie de tu suicidio. En el suelo, con una botella de vino tinto en la mano. Mi vino, el más caro y pastillas regadas alrededor.
No me impresionó. Solo me llenó de un extraño sentimiento emparentado con el enojo. Lo estabas haciendo todo mal. Estabas bebiéndote mis cosas, ensuciando mi casa y publicitando tu muerte tan personal y tuya. Eso es de mal gusto. Es de rotos.

Al otro día me llamaste y no me sorprendió que estuvieras vivo. Recibí con malestar e incomodidad tu petición de acompañarte al psiquiatrico para que te internaran el lunes. Yo tenía trabajo el lunes, aunque claro, tu también.

Y fue tedioso y extraño. El hospital psiquiátrico tenía aires a casona antigua. Patios de veranos lejanos en mi infancia de corredores interminables y frescos, desplegados bajo aleros añosos. Plantas y tierra apisonada en justa proporción. Gente loca y tú.

Cuando volviste hablamos bastante. Fue incómodo y esclarecedor. No imagine que trás el discurso frío y calculador que tenías respecto a tu trastorno y la defensa del suicidio, pudieras sentir verguenza, incomodidad. Fueron horas en que intercambiamos pocas palabras mientras el mundo oscurecía. Mientras la noche pasaba.
Creo que fue entonces cuando me dijiste.

Nada va a estar nunca bien de nuevo. Esto no va a pasar.

Y yo te observaba y la sonrisa con que celebrabas mis chistes era bastante miserable. Y la sorpresa era cada vez mas falsa y entendí que actuabas casi siempre. Era tu fortaleza. Verte bien para que la gente estuviera cómoda. Sonreir no importando que los gritos y las cosas que te anidaban en la cabeza hubieran empezado a morder y arañar.

Tu mamá dijo que estabas sentado en el sillón de la casa que compartían con Roberto. Que había un poco de sangre en tu boca.
Parece que habías estado acompañado de alguna mujer. Eso me alegró. Momentos despues que ella se fuera, tu te moriste. No entiendo y no he tratado de averiguar cuanta intencionalidad hubo en esto. Supongo que la suficiente.

Recuerdo que decías que cuando no habías dormido por días, las cosas perdían importancia. Nada tenía el volumen necesario para alterarte. Todo había dejado de ser y el cansancio te consumía y yo trataba de imaginarlo pero no podía.

Hoy en la tarde, después del trabajo, me di cuenta que tenía muchas cosas que contarte. Cosas que he ido acumulando y que antes simplemente te pegaba en el chat. Varias te hubieran hecho reir falsamente. Sonreir incrédulo. Actuando para darme a entender que te importaba. Te hubieran tiritado las manos.
Si hubieras estado aquí, me hubieras convencido a salir para fumar un cigarro y hubieramos terminado tomando nescafé en uno de esos carritos que aparecen en la noche de dios sabe donde.

No hubieras emitido un solo juicio. Ninguno.

Ya son muchas cosas en el listado de las cosas que te corresponden y no se que voy a hacer con ellas. Quizás las escriba en un papel, el papel lo hunte en miel y se lo entregue a hormigas hambrientas, como recomendaría Jodorowsky.

Quizás lo escriba aquí mismo. En el cruce de las lineas.

Escribir en el internet es como dibujar tu nombre con una linterna en la oscuridad de la noche. Y con un poco de fantasía en la cabeza, esa noche bien puede ser tu noche. La noche en la que te perdiste.
Quizás en esos rincones despoblados y frescos, puedas tranquilizarte, dejar de temblar y leer un poco.

Espero que así sea.

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