Cena para dos

A Ricardo. Todos sabemos lo que haces


Sus miradas se encuentran.

Nervioso juega con los cubiertos, mientras recorre con la vista los rasgos delicados de ese rostro tan pequeño. La suave línea que define los labios de ella, la nariz respingada.

Se pregunta que se sentirá al morderle el cuello.

Ella identifica una leve sonrisa en el rostro de él y piensa que es lindo. Tímido, pero lindo.

El abre la conversación con los lugares comunes; que el clima ha estado muy frío, que parece que fuera a llover. Me gusta la lluvia, dice. Me pone nostálgico.

Ella coincide.

La lluvia le recuerda su infancia en el sur. Los días junto a su padre. Siente que él puede ser alguien bueno para escuchar y súbitamente quiere hablarle de su padre, de la enfermedad, del funeral donde llovía y las paladas arrojaban barro sobre el ataúd, pero luego lo reconsidera. La interrumpe el mozo con la carta.

Un lomo al ajo arriero, dice él. A la inglesa, responde cuando le preguntan por el punto de la carne. Luego traga saliva. Ella lo nota y por un minuto recuerda las expresiones de su gato cuando observa los pájaros en el jardín.

El prosigue con la conversación, avanza. Ella siente algo extraño.

La carne sangra sobre el plato. El cuchillo recorre suavemente los pliegues del lomo, cortándolos como mantequilla. El la mira a los ojos. Me gustas, le dice. Se escucha sincero. Le gustan esos ojos grises y el contraste de la cabellera negra sobre la piel pálida.
Le gustaría golpearla hasta hacerla gritar, hasta romperse los nudillos y luego morderle los labios.

Ella piensa que el rostro de él parece una máscara. Siente un escalofrío.

Han terminado el postre cuando él la invita a su casa. Ella duda, pero no encuentra las palabras ni la justificación para negarse. Afuera está oscuro.

La noche cubre sus pasos mientras se alejan.

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