Circular

A Patricio Lógico. Con Cariño y admiración.


Le sigo los pasos livianos por sobre el sendero blando, donde el agua empieza a comerle las huellas incluso antes de dar el siguiente paso.
Yo me hundo hasta los tobillos, pero ella levita sobre los charcos y hasta parece que la lluvia no la tocara.
Todo deja de existir cuando se da vuelta y me sonríe, esperando que avance. Yo quiero decirle algo, pero no puedo. Cualquier cosa me saldría entre jadeos y se escucharía patético e indigno de ella.
El viento sopla entre las lengas y la tarde es oscura. Es el sur que recuerdo y amo. Es el sur que solo puedo visitar a veces y que se me queda pegado en el alma, como un chicle existencial que me defiende de la oficina y el ruido y los autos que aúllan en la congestión de Santiago.
Yo la sigo y ella dice cosas. Me dice que vamos a llegar, que puede escuchar la cascada. Le quisiera decir que no puedo escuchar nada más que su voz, que tiene un poco de lluvia y de viento entre los árboles. Que tiene un poco de cascada y mucho de todo lo que me gusta.

Durante la tarde recorremos el sendero. Visitamos el mirador con el glaciar a lo lejos. Nos perdemos en los pantanos y abrazamos todos los árboles que se puedan abrazar. Me parece ridículo, pero cuando ella lo sugiere, se vuelve sagrado.
En la noche la lluvia se detiene y encendemos una fogata y hablamos interminablemente. Se le encienden los ojos mientras hacemos frente a la oscuridad con un vino caliente.
La noche termina y al otro día duermo hasta tarde. El día está gris y estoy solo. Ella se fue. No hay siquiera una nota y trato de no preocuparme mucho. Es la ley de la ruta. Los rostros aparecen y desaparecen con familiaridad espantosa. Componemos familias momentáneas. Amistades profundisimas basadas en el relámpago y el anonimato. A ellos, a los extraños, les he contado cosas que ni mi familia sabe.

Que mi familia no debería saber jamás.

Hay poesía en las calles de Chaitén y rayos y mucha lluvia. Estoy solo en la ruta y nadie se detiene, pero no importa porque están los viejos robles y el granizo y todo aquello que me hiere para no pensar. Y las heridas de este tipo me acomodan, porque no duelen tanto como las otras heridas.

El tiempo corre sobre carriles engrasados y pasan cosas que no alcanzo a mencionar. Hay un terremoto en el norte. Y rumores y un relámpago incendia un árbol a metros de mi. Hay gente de distintas nacionalidades y conversaciones y el tiempo se agota y debo abandonar el sur que me ama y volver al centro que no me quiere. Tengo que volver a mi centro.

Las luces tiñen de colores extraños la noche en el barrio Brasil. Como atardeceres pervertidos donde la arquitectura sueña espacios inexistentes. Y entre farol y farol avanzo rumbo a alguna parte. Y entre paso y paso que parecen hundirse en el concreto, me doy cuenta que la voy siguiendo. Ella levita sobre el asfalto y esquiva las luces que parecen no tocarla.

Han pasado años. Aquí y en el sur. Los mismos años.

En el semáforo se voltea y veo un gesto de reconocimiento en su rostro amable. Algo en la profundidad de sus ojos pequeños.
Me habla. Me saluda creo. Me cuenta cosas y recalca lo inaudito de nuestro encuentro. Yo no se que decirle y no paro de temblar. Creo que me tiembla la voz cuando le respondo. Quiero disculparme, contarle del litio que no me deja pensar, y de las pastillas para dormir que están empezando a hacer efecto. Veo que el rostro le cambia y por un momento tengo la certeza de que ya no me reconoce. Esperaba a otro, a aquel que la seguía en los senderos de nuestra juventud, distante, entre las lengas. Frente al glaciar.

Nos despedimos sin decir mucho.

Tengo la sensación de que esto me ha pasado innumerables veces, pero dejo de pensar en ello porque tengo que mantener el ritmo mientras le sigo los pasos livianos por sobre el sendero blando, donde el agua empieza a comerle las huellas incluso antes de dar el siguiente paso.

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