Compasión

No nos tienen respeto.

Cualquiera que tenga acceso a un par de lucas nos puede abordar. A veces es un gesto simple, una mirada cómplice desde la ventana de un auto, un caminante que te toma de la mano y listo. Estás en camino.

Yo siempre he sido muy precavida, desde niña. Nunca me pasa nada porque siempre tengo cuidado y en este caso no había problema alguno. Su auto se veía bien, parecía recién lavado y era del año. El se veía tímido y casi me dio pena.
Fue una sorpresa el primer golpe en el rostro. No es que no me hallan golpeado antes, pero esta fue la primera vez que además de sentir dolor, sentí miedo. Había odio en esos puños, en los ojos tan abiertos y tan cercanos. Los dientes apretados. Los labios.

Después de un rato ya no sentía nada. Un poco de calor, un adormecimiento dulce en los miembros húmedos de sangre.
Arrojó mi cuerpo al borde del camino, en una zanja y ahí me quedé inmóvil. Creo que fue en ese instante cuando me di cuenta que había pasado a engrosar la lista colegas retiradas a la fuerza, desaparecidas. Arrojadas como envoltorios sucios a las zanjas del mundo.

No me puedo quejar. Cuando se le agotaron los golpes y se quedó jadeando, con un puño en alto y los pantalones manchados, yo le observaba desde lejos.

Y desde lejos le observo ahora, mientras huye, aterrado, a toda velocidad, sin ver el camión que le espera al otro lado de la curva.

No nos tienen respeto, es cierto, pero nosotros deberíamos tenerles compasión.

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