Los lugares distantes

Juanito me llamó hace un rato. Dijo que estaba en Puerto Toro.

Se escuchaba por el micrófono del celular el sonido del viento fuerte de la patagonia y también se escuchaba en su voz el asombro que embarga a los Santiaguinos cuando están en aquellas latitudes. La escenografía del paisaje recién creado. De la melancolía suprema de un diós solitario que invade las curvas y humedades de un verde extraño, de bosques insolentes y vastas extensiones de sentimiento.

Juan estaba lejos. Ausente de los edificios grises y de la gente muriéndose de pena al interior de sus autos en el taco ahullante. Lejos del choque, del empujón. De la compra navideña para amoblar tu alma de cosas que te definen y que de alguna manera, puedes encontrar en los escaparates de Falabella.

Le pregunté si había aprovechado de filmar algo (El lenguaje de juanito son las imágenes en movimiento del cine. Es su pega y su vida), pero dijo que no, porque estaba de vacaciones. Dijo -No quiero filmar, estoy de vacaciones.

A inicios del 2014 estuve en Puerto Williams.

Tomé mis vacaciones con algo de resentimiento. Un proyecto en el cual estaba participando tenía problemas y aunque yo me había esforzado mucho en una primera instancia y había transformado un desastre seguro en un éxito discreto, mi superior directo lo veía de otra manera.
En mi visión, me iba a tomar unas merecidas vacaciones en el fin del mundo. Había comprado los pasajes a Punta Arenas hacía meses y estaba a punto de concretar un sueño que tenía desde la infancia: Visitar Puerto Williams.
Mi superior pensaba que quedaba mucho que hacer y que no podía tomarme vacaciones en esos momentos, no importando que las hubiera avisado por diferentes medios con meses de anticipación. Estuve a punto de no ir. De asumir el compromiso y quedarme trabajando como lo había estado haciendo los últimos meses, muchas horas por día, casi todo mi tiempo de vigilia. Me sentí culpable. Deseoso de cumplir y comportarme como se supone que se comportan los adultos.

Finalmente decidí mandar todo al diablo y me fuí. De pronto estaba frente al estrecho de Magallanes disfrutando del horizonte interminable de la patagonia.
Solo ahí me convencí que había tomado la desición correcta.
No había tenido tiempo de hacer planes y solo ahí, empecé la búsqueda de alternativas para llegar a Puerto Williams.

Puerto Williams está en la última porción de tierra habitada de América antes del polo sur, Isla Navarino, y el acceso es a través de avioneta, barco o lancha.

El barco zarpa una vez a la semana y había salido el día anterior a mi llegada, tendría que esperar otros 6 días para embarcarme.
Los pasajes en avioneta había que reservarlos con al menos un mes de anticipación. Finalmente decidí cruzar en lancha desde Ushuaia, en Argentina. Tuve la suerte de encontrar el último pasaje del bus que partía al día siguiente. Pasé las siguientes 12 horas sentado al lado de un chino que me miraba, sonreía y luego me decía cosas en chino.

Ushuaia me decepcionó mucho.

Pareciera que la idea de turismo de los argentinos es llenar todo de casinos, tiendas de recuerdos y discoteques. En vez de encontrarme el pintoresco pueblecito que esperaba, me recibió un lugar moderno y comercial. Puro concreto y acero forjado.
Encontré alojamiento barato en la casa de una familia muy amable y pasajes para cruzar el canal Beagle en lancha al día siguiente.

Cuando finalmente llegué a isla Navarino, las cosas me cuadraron. Era exactamente el mundo que me había imaginado.

Al lado del muelle donde atracamos, había un naufragio.

alt

Fuí feliz desde el momento que desembarqué en puerto Navarino. Luego fui feliz llegando al pequeño y ordenado pueblo de puerto Williams y almorzando en la 'Picada del castor', haciendo los trámites de internación con los policías de investigaciones más relajados del mundo y finalmente, inscribiendo mi ruta en la isla con los Policías más motivados de la tierra.

alt

Fuí feliz en medio de una tormenta de nieve en los 'Dientes de Navarino' en pleno Febrero. Y fuí más feliz luego, descansando en un hostal, conversando y haciendo vida de pueblo con amigos que conocí ahí y que se sentían compañeros de toda la vida, asistiendo a un asado organizado por el alcalde donde fue todo el mundo.

alt

alt

Conocí a una pareja de Holandeses que habían vendido todo en la vida para comprarse un velero y navegar por el mundo.

Lo que no pude hacer fue llegar a Puerto Toro, el punto más austral habitado del mundo.

Están desconectados.

Son algunos pescadores y sus familias que son visitados una vez al mes por un ferry que les lleva mercadería y se lleva la basura.
Juanito tuvo la suerte de llegar al puerto el mismo día que el ferry salía y alguien lo invitó a ir por el día.

alt

Cada vez que pienso en aquellos parajes retorna la felicidad que me invadía cuando estaba allá.
Cada vez que pienso en los objetivos de mi vida, en las cosas que me hacen feliz, se me vienen a la mente esos parajes, esas casas, bosques, la gente.

Cuando volví del viaje renuncié a mi trabajo.

Ha sido un año diferente. Extraño. Nunca en mi vida las cosas habían cambiado tan rápido en tan poco tiempo. He aprendido mucho en circunstancias en las cuales pensé que me había estabilizado, que ya sabía todo lo que tenía que saber. He conocido gente hermosa que a diario agradezco conocer y que han hecho de mi vida algo mucho mejor de lo que ya tenía. He sido un poco más pobre y me di cuenta que no hay nada que temer. No necesito mucho para estar contento y satisfecho.

Me he dado cuenta que los lugares más distantes no son geografías remotas que tardamos años en visitar.

Son solo aquellos que nos negamos a vivir.

comments powered by Disqus