Zoológico

El primer mordisco le recordó el mar.

Estaba junto a su padre avanzando hacia la playa por primera vez. Sujetando su mano inmensa, de piedra y caminando a pasos pequeños hacia aquel fino corte que separaba el horizonte líquido del cielo infinito.

Y temblaba.

Temblaba como la hierba que jugueteaba con el viento y le temblaban los ojos. Golosos. Ayudame a mirar, le dijo a su padre. Pero el padre no supo que hacer, no entendió cómo ayudarle y lo levantó para ponerlo sobre sus hombros. Entonces se sintió solo. Se supo infinitamente solo y dio otro mordisco y la sangre le escurrió por el labio inferior.

De niño estuvo solo, como le presagiara el mar, corriendo atropelladamente por los pasillos vacíos de la casa vieja. Recorriendo los campos descuidados donde los árboles se desperdigaban por doquier y los frutos se pudrían entre las hojas secas.

Un día veraniego se le enredó el pantalón en una alambrada y fue la excusa perfecta para quitárselos y correr descalzo y desnudo para celebrar al sol y al viento rozándole la piel.
Al volver a su hogar, de noche, su padre le regaño.
Entendió que había que mantener algunas cosas en secreto.

No había dado más que tres bocados cuando se sintió satisfecho. Le dolía la quijada y la sangre le corría por el pecho. Se dejó caer sobre el sillón de cuero, frente a la chimenea y se permitió oler la ausencia de su padre.

Ya era un adolescente cuando le encontró sentado en el mismo sillón, con un puro que aún humeaba entre los dedos y los ojos desmesuradamente abiertos, observando una distancia desconocida.
Tardó horas para reunir el valor de acercarse y tocarle el rostro. Estaba frío y húmedo.
El médico le dijo una serie de cosas que no entendió, y algunos de los pocos familiares que tenía le intentaron consolar. Pero él no estaba triste, había visto el mar en su infancia y esto era igual.
Nadie entendió su sonrisa.

Los Achurra llegaron en medio del invierno y como la gente educada que eran, fueron a visitar al vecino joven que vivía sólo en la casa de al lado. El les atendió como pudo. Les saludó pero olvidó hacerlos pasar. Les habló de sus largos paseos por los bosques y de las aves y pequeños animales que se había preocupado de bautizar con palabras extrañas.
No le entendieron.
Los Achurra se fueron con una sensación de inquietud, pero Eleanora, su hija que llegó en primavera, se acercó a la casa con curiosidad.
Eleanora olía como olían los cachorros en la primavera y solía observarle desde lejos y reír mientras él daba sus paseos por el campo. Nunca hablaban, pero con el tiempo empezaron a sentir la familiaridad que da la costumbre.
Ella aparecía en cualquier momento, en la distancia, riendo y él comenzaba a seguirla, primero lentamente y luego con rapidez felina. Las carreras finalizaban donde comenzaba el camino de autos que unía las dos casas. El se quedaba observándola desde la hierba. Ella corría hasta perderse en la distancia.

Puede que halla sido Agosto.

Es muy probable que halla sido Agosto porque los gatos rugían salvajes entre las sombras nocturnas y él sintió un olor que no había sentido antes. Eleonora olía a metal oxidado, a sangre. Algo nuevo sintió en su interior, un deseo extraño que se parecía un poco al hambre, pero diferente. Ella se dió cuenta cuando lo miró a los ojos y ya no rió.
Corrió más rápido que otras veces pero no lo suficiente.

El estaba durmiendo sobre el sillón cuando llegó la policía.

Últimamente las horas transcurren lentas y recuerda con nostalgia la caricia del sol y del viento. Triste es su mirada entre los barrotes de este zoológico que comparte con tantas otras bestias.

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